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Race horse


Y mira tú, muchacha, de quién viniste a enamorarte,
a quién viniste a amar para toda la vida,
a quién decidiste no olvidar:
es un caballo de carreras, ese muchacho es un caballo de carreras
y corre siempre junto a la barda colmada por espinos
y sus músculos inflamados siempre a punto de reventarse.
¿Quién lo conduce?
Sus estribos son ríos a los cuales muerde para intentar romper.
Sus ojos ven un horizonte de fuego al que no puede dejar de dirigirse.
Sus cascos son de un cristal incorruptible que aniquila a la piedra.
Su crin es el viento azotado por el relámpago.
Una tormenta tiene donde debió tener un breve corazón,
una tormenta a la cual teme incluso el invierno mismo.
Su imaginación es la misma que la de la montaña
y la del grito que corta el silencio de la montaña desolada.
No es de fiar.
¿Quién confiaría su alma a una tormenta?
¿Quién brindaría su piel al cuchillo de fuego
o su voz al silencio de la flauta quebrada por el odio?
Y mira tú, muchacha dulce, te abriste como un cofre
lleno de perlas que parecían brotar de la luz misma
y él ni siquiera pudo notarlo, él es un caballo de carreras
y no le importa ni la ciudad ni el camino que lleva a la ciudad
ni las joyas ni un cuello lleno de joyas ni un cofre lleno de joyas,
solo le importa el bosque y el campo abierto y la playa interminable
pero sobre todo la pista, esa pista de grama, arena y piedra,
y mira tú de quién viniste a enamorarte,
a quién quisiste guardar en ti como un corazón nuevo
a quién quisiste abrazar hasta perder los brazos
a quién quisiste mirar hasta cerrar tanto los ojos
que no consigues ya mirar la dicha.
Mira tú, muchacha linda, a quién quisiste amar,
a un obstinado caballo de carreras cuya pista es el mundo.


Jorge Galán.

Las palabras exactas


Diez millones de puertas acaban de cerrarse. Un millón de palabras
se acaban de decir. Un millón. Una sola.
El mundo se mueve, los ríos entran en la garganta de leones y antílopes,
el árbol crece, se reduce el anciano, la sangre se abre paso
a través de una piel joven, hogueras enormes se encienden en el este,
se inclinan los árboles por el peso de la nieve en el norte,
las focas avanzan como astillas que penetran la espalda de las aguas glaciales,
un hombre se arrodilla y utiliza palabras temblorosas
para decir una oración, nadie le escucha, él mismo no comprende lo dicho.
Todo avanza. Los días se repiten como el estribillo de una canción
y lo que cuenta ya ha sido contado antes.
El pasado dio un paso y me alcanzó.
La antigua constelación ha llegado por fin a la pupila del astrónomo.
Y aunque todo lo que partió de mí ha regresado a mí de muchas formas distintas,
nada puede explicarme ese rumor que avanza en lo subterráneo
como una colonia de hormigas que crece a través de lo que devora.
Nadie puede explicarme tampoco este instante más grande
ni puede darle un nombre a esta escena de siluetas que crecen sobre el polvo.
Esta noche la brisa en mi cabello también es un fantasma que me cuenta una historia
que no quiero escuchar: la de esos bellos muertos que también son mis muertos,
las siluetas atrás tiradas como arbustos en la niebla nocturna.
Un millón de ventanas acaban de cerrarse y otro millón de abrirse.
Sobre esta calle larga camino. Nada existe
de lo que me rodea. El mundo es una sombra que envuelve mi cabeza.


Jorge Galán.

Bajo los párpados


El rocío se ha congelado sobre los párpados.

El seco panal abandonado se ha vuelto el badajo de una campana
que tañe sobre las tumbas bañadas de musgo.

No solo la hierba se quiebra,
también los pies que caminan sobre ella.

El frío es hoy un cuello erguido.
Su mentón lo sostiene el orgullo.
La lejanía es un acantilado donde el cielo se arroja a cada instante.
Los edificios son hombres que no muestran el rostro.

Es aún muy temprano en la mañana,
la luz parece bajar de las montañas como una extraña niebla transparente.
¿Qué veo cuando veo el amanecer?
¿Si quiero tocar el día, qué debería de tocar? ¿Con qué mano?

Como unos ojos nuevos, el rocío me muestra lo efímero
convertido en lo duradero:
la superficie del viento que se convierte en la profundidad del abismo,
la semilla insignificante que se convierte en cosecha,
el breve pasillo entre los árboles que se convierte en el inicio
de un camino que ha de rodear al mundo.

Alguien que llegó de repente me dice que no recuerda mi nombre
y yo tampoco podría recordar el suyo.

Ayer vi una a una mujer que había amado y no podía recordar este amor.
Me he vuelto viejo como un jardín que a nadie asombra,
la canción que ayer me emocionaba no consigue volver a emocionarme,
el asombro es una delicia que no baja a mi lengua.

El rocío ha besado mis ojos con su mínima boca hasta extinguirlos.
Ya no veo: presiento.
Mi cuerpo se cae como una capa derruida
y deja mi alma desnuda
y un alma no puede volverse para mirar a nadie, a nada.

¿A dónde debería llegar en mi paseo?
¿Por qué estoy paseando? ¿Hace cuánto lo hago? ¿Acaso fue una invitación?
Y si lo fue ¿por qué camino solo?

Como un hombre está hecho de sus tantas historias,
soy aquello que olvido.

Casi me he abandonado.
Esta lluvia, lo sé, son muchos llantos.

Hay algo emocionante y hermoso que se aloja en mi boca:
viene de mi garganta
o más allá, no sé de dónde más allá.

El rocío se ha congelado sobre mis párpados.

Atrás de mí no sé qué es lo que escucho: si el lamento del viento
o el lamento del mar.

Quizá todo es lo mismo.
Quizá solo por hoy todo es lo mismo,
y aquello que he creído haber vivido, solo está por llegar.


Jorge Galán.

Quiero decir que nadie


Que nadie venga a pedir explicaciones
que nadie venga a decirme que soy culpable de esto o de aquello.
Es cierto, el cielo sobre mis hombros no carece de montañas...
pero tampoco de aves.
El ruido de las rodillas al caer en la tierra ha embellecido un alma,
el ruido de la gota de llanto en la hierba ennegrecida ha allanado el camino
que siempre es un regreso,
por eso que nadie venga con su ramo de disecadas flores a dejarlo en la tumba donde debía haber un muerto y no hay un muerto sino solo unos ojos
que saben lo terrible de mirar en la nada y hallarse mientras tanto,
así que no venga nadie ahora a querer mencionar todo lo que fue dicho antes y no oído
no venga nadie a querer levantar los muros alrededor de la casa
de aquel que antes de ser un hombre ha sido ya un anciano
no traiga nadie hasta aquí la palabra nefasta cuyo centro es abismo,
cuyo borde es tormenta,
no venga nadie a recordar al olvidado intentando cerrar la yaga que no puede cerrarse
ni venga ningún violín maligno a endulzar la malsana melodía
que el pecho agónico conoce: esa asma donde cría
el invierno sus pájaros oscuros y sus campos de niebla,
y que nadie pretenda venir y cerrar unos ojos que a la noche y al día ya no deben cerrarse
ya no pueden ni esperan ni quisieran cerrarse,
y que nadie pretenda retornar de ese reino rodeado por murallas
como el mar rodeado por islas donde crece la piedra y la tiniebla
que carcome la piedra,
que el frío permanezca solamente en el frío y la sombra en la cueva donde repta el silencio,
que el aroma nefasto solo se hunda en los poros de aquel de donde emana,
que el siglo donde habitas no se acerque a mi instante,
que no se atreva nadie a mirarme los ojos,
y tú menos que nadie...y tú menos que nadie...y tú menos que nadie...

Que no se atreva lo visto o lo no visto
a juzgarme por cosas que solo yo conozco,
que nadie se atreva a venir a reclamarme por su tristeza interminable.


Jorge Galán.

Armando Guerrero, Oaxaca, México.