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ANATEMA


Sufría la familia entera.
Mi mujer, yo mismo, los dos niños y la perra
cuyos cachorros nacieron muertos.
Nuestros asuntos como siempre, iban mal.
A mi mujer la había dejado su amante, 
un profesor de música manco
que era su único contacto con el mundo exterior
y la capacidad de pensar.
Mi propia novia dijo que no podía aguantar más
y volvió con su marido.
Nos habían cortado el agua.
Te cocías en aquella casa durante todo el verano.
Los ciruelos se habían secado.
Los arriates de flores, pisoteados.
El coche se había quedado sin frenos y la batería
empezaba a fallar. Los vecinos habían dejado de hablarnos
y nos daban con la puerta en las narices.
En las tiendas nos devolvían los cheques
y dejaron de traernos el correo.
Solo el sheriff pasaba
de vez en cuando - con uno u otro 
de nuestros hijos en el asiento de atrás, 
rogando que nos los lleváramos de allí.


Raymond Carver.

PARA SIEMPRE


A tientas en una nube de humo,
sigo la raya que en el suelo del jardín deja un caracol
hasta el muro de piedra.
Al final, de cuclillas, me fijo

en lo que hay que hacer y, de repente,
me adhiero a la piedra húmeda.
Empiezo a mirar lentamente alrededor
y a escuchar, utilizando para ello

mi cuerpo entero como el caracol
utiliza el suyo, relajado, pero alerta.
¡Atención! Esta noche es un hito
en mi vida. Después de esta noche,

¿cómo podré volver a mi
vida anterior? Mantengo los ojos fijos
en las estrellas, les hago señales
con mis antenas. Bien sujeto

durante horas, descansando sin más.
Más tarde, la pena comienza
a gotear en mi corazón.
Recuerdo que mi padre está muerto,

y que me voy a ir pronto
de esta ciudad. Para siempre.
Adiós, hijo, dice mi padre.
Casi al amanecer, bajo

y deambulo hacia casa.
Todavía están esperándome,
el espanto aletea en sus rostros
al encontrarse con mis nuevos ojos por primera vez.



Raymond Carver.

DULCE LUZ


Tras el invierno, torpe y afligido,
florecí con la primavera. Una dulce luz

me colmó el pecho. Sacaba
una silla. Me sentaba durante horas frente al mar.

Escuchaba las balizas y aprendí
a expresar la diferencia entre una campana

y el sonido de una campana. Quería
todo lo que estaba a mi lado. Incluso quería

dejar de ser persona. Y lo logré.
Sé que lo hice. (Ella puede corroborarlo.)

Recuerdo aquella manaña en que cerré la caja de
la memoria y giré la llave.
Cerrada para siempre. Nadie sabe lo que me ocurrió

aquí fuera, mar. Solo tú y yo lo sabemos.
Por la noche, las nubes cubrieron la luna.

Por la mañana ya se habían ido. ¿Y aquella dulce luz
que dije antes? También se había ido.


Raymond Carver.

 

Mi trabajo


Levanto la vista y los veo acercarse
por la playa. El hombre joven
lleva al bebé en una mochila.
Esto le permite tener las manos libres,
así puede darle una a su mujer
y balancear la otra. Cualquiera se daría cuenta
de lo felices que son. Y la intimidad. Cuánta armonía.
Son más felices que nadie, y lo saben.
Se sienten agradecidos por ello, son humildes.
Caminan hasta el final de la playa
y desaparecen de mi vista. Eso es, me digo,
y vuelvo a esto que rige
mi vida. Pero a los pocos minutos

vuelven caminando por la playa.
Lo único distinto
es que se han cambiado de posición.
Ahora él va al otro lado de ella,
junto al océano. Ella, de este lado.
Pero todavía van de la mano. Parecen incluso
más enamorados, si es posible. Y lo es.
Yo mismo paseé por ahí muchas veces.
El suyo es un paseo modesto, quince minutos
de ida y quince de vuelta.
Han tenido que sortear a su paso
alguna roca y rodear enormes troncos,
moverse con rapidez cuando se acercaban con fuerza las olas.

Caminan tranquilamente, despacio, de la mano.
Saben que el agua es imprevisible,
pero son tan felices que la ignoran.
El amor en sus rostros jóvenes. Su encuadre.
Puede que dure siempre. Si tienen suerte,
si son buenos y se mantienen atentos. Y prudentes. Si siguen
amándose sin límite alguno.
Si son sinceros el uno con el otro, eso sobre todo.
Seguro que lo serán, desde luego, seguro que sí,
ellos saben que sí.
Vuelvo a mi trabajo. Mi trabajo vuelve a mí.
Se alza una brisa del agua.


Raymond Carver.

Fragmento póstumo


Y obtuviste lo que
querías de esta vida, aún así?
Lo obtuve.
Y qué querías?
Llamarme amado a mí mismo, sentirme
amado en la tierra.


Raymond Carver.


Armando Guerrero, Oaxaca, México.