Lo que yo llamo dios es mucho más enorme
y a veces mucho menos complicado
que lo que llamo dios. Un día
fue una casa de avispas en la lluvia
que llamé así en el hospital
donde sentía el sufrimiento de los otros
y la paciencia casual de los insectos
que luchaban por construir contra el agua.
También llamé dios a una puerta
y a un árbol al que entré una vez
para cargarme de energía
después de una derrota estrepitosa.
Dios es mi grado máximo de comprensión relativa
en el punto de total desesperación
en que una flor se pone en movimiento o un perro
rabioso se me acerca solidario.
Y sigue siendo dios la palabra que atribuyo
a los instintos más hermosos, debajo de la lluvia,
notando que en este lugar de paso
ya brotó y se murió varias veces lo que yo llamo alma
y tal vez sea la calma
en la química de mis deseos
de ofrecer algo.
Leonardo Fróes.
Justificación de dios.
Loco cantando en las montañas.
Todo el mundo en este mundo tiene su debilidad.
La mía es escribir poesía.
Me liberé de mil ataduras mundanas,
pero esa enfermedad no se fue nunca.
Si veo un lindo paisaje,
si me encuentro con algún amigo querido,
recito versos en voz alta, contento
como si se cruzara en mi camino un dios.
Desde el día en que me desterraron a Hsün-yang,
la mitad de mi tiempo lo viví acá en las montañas.
A veces, cuando termino un poema,
subo solo por la ruta hasta Punta del Este.
Por los acantilados, que están blancos, me asomo:
arranco de un tirón un gajo verde de casia.
los valles y montañas se espantan con mi canto enloquecido:
pajaritos y monos me vienen a espiar,
a mí que, temeroso de que el mundo me tome a burla,
elegí este lugar, al que no vienen los humanos.
Leonardo Fróes.
Armando Guerrero, Oaxaca, México.