El día de verano.


¿Quién creó al mundo?
¿Quién hizo al cisne, y al oso negro?
¿Quién dio forma al saltamontes?
Me refiero a este saltamontes,
el que acaba de saltar en la hierba,
el que ahora come azúcar de mi mano,
el que mueve las fauces de atrás para adelante y no de arriba abajo,
el que mira a su alrededor con enormes ojos complicados.
Ahora levanta una de sus patas y se lava la cara cuidadosamente.
Ahora de pronto abre sus alas y se va flotando.
Yo no sé con certeza lo que es una oración.
Sin embargo sé prestar atención
y sé cómo caer sobre la hierba,
cómo arrodillarme en la hierba,
cómo ser bendita y perezosa,
cómo andar por el campo,
que es lo que llevo haciendo todo el día.
Dime, ¿qué más debería haber hecho?
¿No es verdad que todo al final se muere, y tan pronto?
Dime, ¿qué piensas hacer con tu única, salvaje y preciosa vida?.


Mary Oliver.

Justificación de dios.


Lo que yo llamo dios es mucho más enorme
y a veces mucho menos complicado
que lo que llamo dios. Un día
fue una casa de avispas en la lluvia
que llamé así en el hospital
donde sentía el sufrimiento de los otros
y la paciencia casual de los insectos
que luchaban por construir contra el agua.
También llamé dios a una puerta
y a un árbol al que entré una vez
para cargarme de energía
después de una derrota estrepitosa.

Dios es mi grado máximo de comprensión relativa
en el punto de total desesperación
en que una flor se pone en movimiento o un perro
rabioso se me acerca solidario.
Y sigue siendo dios la palabra que atribuyo
a los instintos más hermosos, debajo de la lluvia,
notando que en este lugar de paso
ya brotó y se murió varias veces lo que yo llamo alma
y tal vez sea la calma
en la química de mis deseos
de ofrecer algo.


Leonardo Fróes. 

Coliseo.


Cómo me lastimé, ya no me acuerdo:
fue mío tanto tiempo este dolor
que perdí la herida que lo había inventado
porque nadie conoce la belleza
de sus propios ojos
hasta que un humano explica que por ellos
Dios creó el marrón. Luego
ese mismo humano dice que vive para tocar
las partes más suaves, y con eso insinúa
que nuestra superficie puede entenderse
por su nivel de satinado. Voy a seguirlo
hasta quedar tan áspero por fuera
como lo estoy por dentro. No sabría decir dónde empezó
la masacre pero sé
cómo siento la mía, que convivo con ella
y que a veces me sirve para vivir
porque soy, como dicen los gladiadores,
un hombre enamorado; y el amor
es un recordatorio de que sobrevivimos.

 

Jericho Brown.

Una isla.


Me despiertas, apagas las lámparas,
traes el día. 

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Mujer, mi suelo, tan real.

 

Rafael Cadenas.

Y ella esperando.


Siempre le tuve miedo
a este momento:
la vuelta del amor
con perspectiva.

Veo estos pechos
con los otros.
Toco esta boca
y las otras. Es mío este corazón
y también de otros.
Sé exactamente
qué decir.

Las inocencia se me escapó
por la boca.
La canción.
La canción, de repente,
se me escapó
por la boca.


Jack Gilbert. 

Charla breve sobre las esperanzas.


Pronto espero vivir en una casa totalmente de goma. Imaginen qué rápido
podría pasar de un cuarto a otro. Basta con rebotar y ya llegaste. Tengo un
amigo al que en la guerra una bomba incendiaria le derritió las manos.
Ahora, una vez más, aprenderá a pasar el pan a la hora de la cena. La vida
es aprender. De hecho, espero invitarlo esta noche. Aprender es del mismo
color que la vida. Él dice cosas parecidas.

 

Anne Carson.

Loco cantando en las montañas.


Todo el mundo en este mundo tiene su debilidad.
La mía es escribir poesía.
Me liberé de mil ataduras mundanas,
pero esa enfermedad no se fue nunca.
Si veo un lindo paisaje,
si me encuentro con algún amigo querido,
recito versos en voz alta, contento
como si se cruzara en mi camino un dios.
Desde el día en que me desterraron a Hsün-yang,
la mitad de mi tiempo lo viví acá en las montañas.
A veces, cuando termino un poema,
subo solo por la ruta hasta Punta del Este.
Por los acantilados, que están blancos, me asomo:
arranco de un tirón un gajo verde de casia.
los valles y montañas se espantan con mi canto enloquecido:
pajaritos y monos me vienen a espiar,
a mí que, temeroso de que el mundo me tome a burla,
elegí este lugar, al que no vienen los humanos.

 

Leonardo Fróes.

COITO PAUTADO.

 

Caldera de diablos eléctricos / mi piel a la caza de tus hornos

...


Caldera de diablos eléctricos 

tu piel contra mi piel hace milagros.

 

M.S. Papasquiaro.

Poeta cabeza dura.

 

Todo lo que hago todo lo que escribo me aleja de la gente que quiero Si es bueno se desconciertan si es malo se avergüenzan Arriesgando el amor que me profesan camino descalzo por arenas movedizas. 

 

William Carlos Williams. 

Yo soy ese dolido por amor.

 

Yo soy ese dolido por amor. ¿No gravita la Tierra? ¿La materia doliente no atrae a la materia? También mi cuerpo a todo aquello que conoce.

 

Walt Whitman. 

Sobre el imperio.


Nos van a conocer por ser una cultura con pánico
a la muerte y ansias de poder, que trató de abolir
para unos pocos la precariedad y poco le importaron
las penurias de la mayoría. Nos van a conocer
por ser una cultura que enseñó e instó
a acumular objetos, que dijo poco y nada 
sobre la calidad de vida de los otros (otra gente),
de los perros y los ríos. El mundo, dirán ellos,
es un bien de consumo. Dirán que a esta estructura
la sostiene la política, y en efecto es así, y también
van a decir que la política no es más que un dispositivo 
que regula lo que siente el corazón, y que en aquella época
el corazón era una piedra dura llena de mezquindad.
 
 
Mary Oliver. 

[No sólo quien nos odia o nos envidia]


...
Quien quiere poco, tiene todo; quien nada quiere
es libre; quién no tiene y no desea,
         hombre, es igual a los Dioses.

 

Ricardo Reis.

La asombrosa realidad de las cosas.

 

LA ASOMBROSA realidad de las cosas

es mi descubrimiento de cada día. 

Cada cosa es lo que es,

y es difícil explicarle a alguien cuánto me alegra esto,

y cuánto me basta.

 

Basta existir para sentirse completo.

 

...

 

Alberto Caeiro.

Enséñame.


Enséñame,
rehazme
                 a fondo,
avívame
                 como quien enciende un fuego.

 

Rafael Cadenas.

Algunas cosas que podrías preguntarte.

 
¿Será sólida el alma, como el hierro? 
¿O delicada y frágil, como alas 
de polilla en el pico del búho? 
¿Quién tiene alma y quién no? 
Me la paso mirando. 
La cara del alce tiene la misma tristeza 
que la cara de Jesús. 
El cisne despliega lentamente sus alas blancas. 
En el otoño, el oso negro lleva hojas a la oscuridad. 
Una pregunta lleva a la siguiente. 
¿Tendrá forma? ¿Como de iceberg? 
¿Como de ojo de colibrí? 
¿Tendrá un solo pulmón, como las víboras y las vieiras? 
¿Por qué tendría que tener alma yo, y no la osa hormiguera 
que ama a sus crías? 
¿Por qué yo, y no el camello? 
Si me pongo a pensar: ¿y los arces? 
¿Y los lirios azules? 
¿Y las piedritas, tiradas por ahí solas, a la luz de la luna? 
¿Y las rosas, y los limones, y sus hojas relucientes? 
¿Y el pasto?
 
 
Mary Oliver.


Armando Guerrero, Oaxaca, México.